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Un premio que desnuda la pobreza estructural del fútbol argentino

Mientras el fútbol argentino se jacta de su mística, su historia y su inagotable capacidad de producir talentos, la realidad económica vuelve a dejar al descubierto una contradicción imposible de disimular. El campeón del torneo organizado por la AFA recibe apenas 500.000 dólares como premio económico. Del otro lado de la frontera, el campeón del Brasileirao organizado por la CBF se lleva 12 millones de dólares. La diferencia no es solo abismal: es humillante.

La comparación resulta inevitable y dolorosa. No se trata de exigir cifras europeas ni de desconocer las diferencias macroeconómicas entre ambos países, sino de señalar una brecha desproporcionada que habla de modelos de gestión radicalmente opuestos. Mientras Brasil convirtió a su liga en un producto atractivo, competitivo y exportable, la Argentina sigue atrapada en un esquema improvisado, sin planificación ni horizonte financiero claro.

El premio que entrega la AFA no alcanza siquiera para cubrir una parte significativa del presupuesto anual de un club mediano. Para el campeón, que atravesó una temporada extenuante, con planteles ajustados, viajes interminables y un calendario caótico, el incentivo económico resulta casi simbólico. En términos reales, 500.000 dólares no cambian absolutamente nada en la estructura de una institución profesional.

En Brasil, en cambio, los 12 millones de dólares representan una herramienta concreta para fortalecer planteles, invertir en infraestructura, saldar deudas y competir con mayor solidez a nivel internacional. No es casualidad que los clubes brasileños dominen la Copa Libertadores y el mercado de pases regional. No ganan solo por talento: ganan porque tienen recursos, previsibilidad y gestión.

La AFA suele escudarse en la crisis económica del país, pero el argumento pierde fuerza cuando se observan los ingresos por derechos televisivos, sponsors, apuestas deportivas y torneos internacionales. El problema no es la falta de dinero, sino cómo se administra y cómo se distribuye. El fútbol argentino genera valor, pero ese valor rara vez vuelve de manera justa a los clubes que lo sostienen.

Este premio irrisorio no es un detalle menor: es el reflejo de un sistema que castiga al mérito deportivo y desalienta la competitividad. Ser campeón en Argentina debería ser una recompensa que impulse crecimiento, no una medalla sin respaldo económico. Hoy, levantar un trofeo local tiene más valor simbólico que real.

Si la AFA pretende que sus clubes compitan en igualdad de condiciones con los gigantes del continente, debe empezar por revisar su estructura de premios, su modelo de ingresos y su visión a largo plazo. De lo contrario, el fútbol argentino seguirá exportando jugadores, técnicos y sueños… mientras importa frustraciones y resignación.

Porque la grandeza histórica no paga sueldos, no construye estadios ni gana copas. Y medio millón de dólares, en el contexto actual, no hace a un campeón: lo expone.

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