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Basta ya de conductores asesinos que convierten rutas en cementerios

Conductores al volante de máquinas de muerte: la irresponsabilidad que convierte las rutas en cementerios. La tragedia ocurrida en la Ruta 22 —con tres personas muertas, entre ellas dos niños, y un herido grave— vuelve a poner en evidencia una realidad que ya no puede considerarse un accidente inevitable: la violencia vial provocada por conductores que convierten vehículos potentes en armas de destrucción.

Frente a cada episodio como este, persiste una sensación de déjà vu doloroso: un choque brutal, un vehículo menor destrozado, vidas arrancadas en segundos y un responsable que, muchas veces, resulta ser alguien que conduce un rodado de gran porte con total desprecio por la fragilidad ajena.

En este caso, una Volkswagen Amarok —una camioneta de gran tamaño, pesada y con alta capacidad de aceleración— embistió desde atrás a una Ford EcoSport donde viajaba una familia rumbo a sus vacaciones. El impacto fue tan violento que el vehículo menor se incendió, atrapando a sus ocupantes sin posibilidad de escape. No se trata solo de una desgracia trágica: esto es la consecuencia directa de una conducta de conducción donde la potencia reemplaza al juicio y la velocidad suplanta a la prudencia.

La brutal asimetría: poder al volante, vulnerabilidad en el asfalto

Las rutas argentinas se han convertido en terreno fértil para un fenómeno cada vez más visible: conductores que utilizan camionetas y vehículos de gran porte como si fueran escudos de impunidad. El tamaño y la potencia parecen otorgarles una falsa sensación de inviolabilidad, una percepción de que su vida vale más que la de quienes circulan en autos pequeños o en motos. Esa asimetría física se vuelve también moral: algunos creen que porque pueden acelerar rápido, frenar con sofisticadas asistencias electrónicas o absorber impactos sin consecuencias para sí mismos, tienen derecho a dominar la ruta.

Sin embargo, en cada episodio vemos cómo esa soberbia mata.
Mata a quienes viajan con la inocencia de unas vacaciones familiares.
Mata a quienes cumplen reglas mientras otros las ignoran.
Mata a niños que jamás deberían ser víctimas de la imprudencia adulta.

La violencia vial no es casual: es cultural

La conducta de estos “conductores asesinos” —porque sí, cuando la irresponsabilidad resulta mortal, el término deja de ser exagerado— se sostiene en una cultura permisiva, donde:
Se naturaliza el exceso de velocidad en rutas transitadas.
Se minimizan las consecuencias legales de homicidios cometidos al volante.
Se asume que tener un vehículo grande otorga derecho a desplazar, intimidar o arrasar.
Se tolera que la conducción agresiva sea casi una marca identitaria.
Mientras tanto, detrás de cada choque hay familias destruidas, niños huérfanos, proyectos truncos.

Cuando la potencia supera la responsabilidad

Los fabricantes promocionan camionetas que “dominan cualquier terreno”, vehículos pensados para maniobras rápidas, motores que responden con brutalidad. No es el vehículo el problema, sino el uso irresponsable al que muchos conductores someten estas máquinas: adelantamientos temerarios, velocidades que no se corresponden con el flujo del tránsito, desatenciones mortales en zonas concurridas.
Cuando un conductor decide que su destino importa más que la vida ajena, cuando convierte su camioneta en un proyectil, deja de ser un simple infractor y pasa a ser un peligro social.

El precio humano de cada acto de imprudencia

El resultado está ahí: un vehículo menor reducido a un cascarón incinerado, cuerpos calcinados, bomberos y policías enfrentados a escenas de horror que no deberían repetirse, familias devastadas que jamás volverán a ser las mismas.
La pregunta, entonces, no es solo qué ocurrió, sino por qué seguimos permitiendo que ocurra.
Hasta que como sociedad no condenemos con firmeza estas conductas —en lo legal, en lo cultural y en lo moral—, las rutas seguirán cobrándose vidas que podrían haberse salvado con algo tan simple como prudencia, empatía y responsabilidad.

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