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AFA y la estrella sorpresiva: una consagración que desdibuja reglas y ética

En un giro inesperado y polémico, la Asociación del Fútbol Argentino (AFA) oficializó a Rosario Central como “Campeón de Liga 2025” por haber liderado la tabla anual —es decir, por acumular más puntos entre los torneos Apertura y Clausura—. Lo llamativo no es solo el título en sí, sino el modo en que fue instituido: tras bambalinas, de forma improvisada y sin haberse planificado desde el inicio de la temporada.

¿Un título legítimo o una invención sobre la marcha?

Desde el principio, la decisión exhibe varias luces rojas. Según informes de medios, este nuevo trofeo no estaba contemplado en el reglamento oficial para la LPF en 2025. La AFA decidió crear este reconocimiento “sorpresivamente”, mientras el torneo todavía no había finalizado y antes de que los playoff del Clausura comenzaran.

Esa forma de actuar —modificar las reglas en plena competencia— socava principios básicos de equidad deportiva: los equipos no sabían, desde el arranque, que había algo más en juego que el Apertura, el Clausura o el Trofeo de Campeones. El gesto oficial se justificó como “un reconocimiento a la regularidad” y como parte de un “plan que viene de hace varios años”.

Pero el anuncio repentino fue admitido incluso por el propio entrenador de Central, Ariel Holan, quien confesó que recién se enteraron de la existencia del trofeo “la noche anterior” a recibirlo. Esa opacidad deja un sabor amargo: ¿es un mérito genuino o una maniobra estratégica para favorecer a un club en particular?

Críticas en el mundo del fútbol: retroactividad e injusticia

Las repercusiones no tardaron en llegar. Figuras como Guillermo Barros Schelotto, entrenador de Vélez, pidieron que la AFA aplique el nuevo título de forma retroactiva: si se reconoce a Central por la tabla anual 2025, otros clubes que lideraron la anual en años anteriores también tendrían derecho a esa estrella.

Esa posibilidad abre un debate complicado: ¿cuántos equipos exigirán ese reconocimiento si se le da valor oficial a esta tabla ahora? Por su parte, el experimentado técnico Caruso Lombardi fue aún más contundente, cuestionando la moralidad de la medida: “No hay manera de justificar este invento”, afirmó.

Su crítica habla de una preocupación más profunda: no es solo el qué, sino el cómo, y el momento en que se impone la decisión. En otras palabras: premiar “regularidad” es válido, pero modificar reglas sobre la marcha y consagrar un campeón sin haberlo previsto desde el inicio pone en tela de juicio la seriedad y la transparencia institucional.

Consecuencias estructurales: un título que desinfla o desvirtúa

La creación de este galardón no es un mero detalle simbólico: viene acompañada de consecuencias concretas. Según la AFA, el “Campeón de Liga” ya sustituye a la Supercopa Internacional. En ese sentido, el nuevo trofeo no solo reconoce regularidad, sino que reconfigura el ecosistema competitivo: se suprimen torneos y se reescriben privilegios.

El riesgo es claro: si cada temporada la AFA puede inventar títulos para equipos que “más puntos sumaron”, la consistencia de lo que significa “campeón” se diluye. Tal como algunos analistas advierten, esto puede inflar artificialmente la cantidad de trofeos y otorgar “estrellas” a discreción, más por conveniencia que por mérito real.

Ética deportiva vs. estrategia institucional

Esta jugada de la AFA no puede interpretarse como una mera celebración de la constancia; es una decisión política más que deportiva. No hay transparencia ni participación visible de los clubes desde el inicio, se cambia el reglamento en mitad de la temporada, y se entregan títulos sin que todos los interesados tuvieran claro que existía esa posibilidad al arrancar.

Además, la falta de retroactividad —o la duda de aplicarla— genera un agravio hacia aquellos equipos que podrían haber sido beneficiados en años anteriores. Ese agravio no es solo simbólico: afecta su patrimonio histórico, su reconocimiento institucional, su vínculo con los hinchas.

Conclusión: un precedente peligroso

El reconocimiento a Rosario Central puede leerse como una victoria para la disciplina y para la idea de premiar la sostenibilidad durante todo el año. Pero, dado cómo se gestó, deja un precedente peligroso: la AFA demuestra que puede alterar sus propias reglas cuando le conviene políticamente, consagrar campeones en oficinas y reestructurar sus títulos sobre la marcha. En el fútbol, los campeonatos deben ganarse en la cancha, con reglas claras desde el arranque, y con legitimidad para todos. Si no, lo que se celebra se vuelve frágil, y el valor de las estrellas se diluye en la arbitrariedad.

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