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¿El campeón es siempre el mejor? Una mirada crítica a los sistemas de definición

En el universo emocional del deporte, solemos abrazar la idea de que el campeón representa la excelencia, el mérito absoluto, el equipo más fuerte, constante y preparado. Pero ¿qué pasa cuando esa lógica se quiebra? ¿Qué sucede cuando un equipo que finalizó 14º en la tabla general se corona campeón, como ocurrió con Platense en el fútbol argentino? ¿O cuando un club como el Paris Saint-Germain, poderoso en nombres y presente, cae en la final? Estas situaciones nos invitan a repensar si los sistemas de definición que consagran campeones realmente premian al mejor.

El caso de Platense es paradigmático. Tras una temporada irregular, con más tropiezos que virtudes, logró ingresar por la ventana a la fase decisiva del torneo y, en una seguidilla de partidos de eliminación directa, venció a rivales de mayor rendimiento a lo largo del año. ¿Justicia deportiva o azar favorable? La respuesta no es sencilla. Lo cierto es que los playoffs, tan valorados por su dramatismo y emoción, pueden dejar de lado el rendimiento sostenido y premiar a quien mejor se adapta a momentos puntuales.

Algo similar ocurrió con el PSG. Acostumbrado a dominar su liga local y con una plantilla plagada de talento, se vio superado en la final de una competencia donde cada partido se vive como una final anticipada. El talento, la inversión y el rendimiento acumulado muchas veces no alcanzan si en 90 minutos el equipo no responde.

Este fenómeno se repite en múltiples disciplinas: torneos cortos, cruces eliminatorios, desempates por penales o al mejor de tres partidos. En todos los casos, la estructura puede favorecer la épica por sobre la constancia, la sorpresa por sobre el mérito sostenido. El deporte moderno, en su afán por entretener y mantener audiencias, ha adoptado formatos donde lo imprevisible es norma. Y eso, aunque apasionante, puede resultar profundamente injusto.

¿Es entonces el campeón el mejor? A veces sí. Muchas otras, no. El mejor, en términos estrictamente deportivos, debería ser quien mostró mayor rendimiento a lo largo de la competencia. Pero el sistema premia otras virtudes: temple en momentos claves, resistencia al error, capacidad de adaptación y, en no pocos casos, una cuota de fortuna.

La pregunta de fondo es si queremos premiar al más completo o al más oportuno. Y esa tensión atraviesa hoy a casi todos los deportes competitivos. Si el objetivo es la justicia deportiva, quizá sea momento de revisar ciertos formatos. Si el objetivo es la emoción, entonces aceptemos que el campeón no siempre será el mejor, pero sí el que mejor entendió las reglas del juego.

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